Digamos que, tras un fuerte terremoto, todos los salones de
la metrópoli que ha sido el hogar de tu familia durante miles de años se derrumban
simultáneamente. Digamos que las voces de tu pueblo son sofocadas por toneladas
de tierra y rocas, y que la montaña —y todo lo que ha sido construido bajo ella— se convierte de pronto en un laberinto repleto de fosos infernales, de los que
emergen las más horrendas criaturas que puedas imaginar. ¿Entonces qué?
¿Buscarías ayuda? ¿Lo dejarías todo atrás para empezar de cero? ¿Quizás en otras tierras, en otro país... en otro mundo?
Incluso entre Humanos —crueles y traicioneros como son, simples bárbaros al resguardo de castillos construidos con más orgullo que arte— vivirías más años que permaneciendo en las ruinas infestadas de alimañas que antes fuera el hogar de tu Clan. Si vas con ellos, tus conocimientos te harán rico entre sus Reyes —si te decides a compartirlos— y, claro está, pueblos completos morirán a causa de ello.
O tal vez preferirías desperdiciar tu vida con los Elfos y, como hacen ellos, pasar la eternidad mirando luces de colores.
Elfos: Seres maravillosos, ciertamente. Longevos como los antiguos dragones, hermosos y tranquilos... Amantes de la ignorancia y del absurdo. Aficionados coleccionistas de baratijas. Seres capaces de erigir mil templos de oro a la primera piedra que les cante una canción, y dejarlo todo abandonado en cuanto se harten de su voz. Criaturas irresponsables y caprichosas; incluso los trasgos conocen el valor de una cimitarra cuando se usa como lo que es: una hoja afilada con la que defender tu vida y la de los tuyos.





