La mañana era cálida. En el horizonte las nubes, blancas y esponjosas, se apretujaban unas contra otras, dando forma a una gigantesca y etérea montaña de algodón.
Aodren observaba todo aquello sentado sobre la hierba, verde y húmeda. El amplio valle comenzaba a florecer bajo el encanto silencioso de la primavera. Pero en los ojos color miel del joven había tristeza. Contemplaba como quien ve todo por última vez. Como quien no quiere olvidar aquello que ha amado.
El hilo que lo ataba a la vida había comenzado a deshilacharse el día que escuchó aquellas funestas palabras:
―Lo siento mi joven señor. Ya no hay nada que hacer.
Incluso entonces guardó silencio, como hacía siempre. Nunca había sido bueno con las palabras, pero su espada hablaba por él, y su voz era hermosa. Veloz y ligera como el viento, los bardos la habían llamado «Canción de Plata», y las doncellas suspiraban ante su portador: Aodren, el de mirada triste.
―La punta de la flecha estaba cubierta de veneno de basilisco ―le dijo Osman aquella tarde. La voz del viejo temblaba―. Ya no hay modo de limpiar la herida. Ahora corre por vuestra sangre y comienza a esparcirse. Su efecto ya es irreversible.
―¿Qué estás insinuando, anciano? ¿Qué quieres decir con que su efecto es irreversible? ―le espetó Denoel, «Espada Escarlata», su hermano de armas. Antes de responder, Osman miró a Aodren de una forma como nadie lo había hecho antes. El anciano le había visto crecer y ahora no quería decir aquellas palabras. Pero lo hizo.
―Significa que el joven Aodren morirá. Será una muerte lenta y dolorosa. Yo podría ayudarle a… aliviar el dolor. Conozco algunos secretos ―calló un momento, como si no estuviera seguro de continuar―…secretos para adelantar la muerte y hacerla más digna ―dijo finalmente.
«Morir». Aodren Wolf, el de mirada triste, no dijo nada. Se quedó ahí, sentado, con la espada adormecida en su funda. El cabello negro, lacio, le caía sobre los hombros. Una mujer sollozó en algún rincón del cuarto. Denoel maldijo a los Dioses. Osman sólo lo observaba, pero Aodren podía leer en su mirada:
«Mi muchacho, mi pobre muchacho».
«Incluso los héroes deben morir algún día», le había dicho años atrás, cuando Aodren no era más que un niño, tímido y pensativo, que pasaba largas horas en la biblioteca de la ciudad, leyendo las baladas de los antiguos héroes.
Su destino parecía burlarse de él. Había alcanzado su sueño: era la primera espada del reino y ahora, en la plenitud de sus fuerzas, debía sentarse a esperar la muerte. El momento no podía ser menos oportuno. Nebereth era acosado por el vasto Imperio de Kadarath. Sólo Aodren, junto a otros valerosos espadachines, mantenían a raya al enemigo. No podía terminar ahora. No tan pronto.
Mas Aodren no habló de sus temores: «¿Le tengo miedo a la muerte después de todo?». Agradeció a Osman por sus cuidados y se despidió de sus camaradas de armas. Luego se encaminó hacia las afueras de la ciudad y nadie lo volvió a ver.
Al menos durante un tiempo.
Y a pesar de que Denoel, «Espada Escarlata», tomó el lugar de Aodren y continuó peleando contra Kadarath, finalmente el pequeño reino cayó.
Y el Emperador Meriadeg en persona se presentó en Nebereth, acompañado de su guardia Imperial, para dar una muestra de su potestad. Aquellos que tuvieron el valor de desafiarlo murieron en el mismo lugar. Así fue como Meriadeg, como tantos otros hombres deseosos de gloria y poder, sólo pidió una cosa: que todos los habitantes del reino se inclinaran ante él.
Entonces, de entre la multitud surgió una figura delgada y de andar cansado. En un principio nadie reconoció al forastero. Su apariencia era el reflejo de una enfermedad mortal. La piel grisácea, los ojos hundidos y el rostro cadavérico. Sólo cuando la hoja de «Canción de Plata» despertó de su largo sueño y volvió a brillar bajo la luz del sol, reconocieron a Aodren como su portador. Pero aquel que tenían ante ellos no era más que un triste espectro del antiguo y luminoso héroe. El largo y grácil cabello negro se había desprendido, dejando en su lugar mechones de pelo, sucios y apelmazados. No llevaba armadura o escudo. Sólo su espada lo acompañaba.
―Reconozco esa espada, pero no a quien la esgrime ―habló Meriadeg―. Me dijeron que Aodren Wolf había muerto semanas atrás, pero veo que aún se resiste a su destino. Admirable, sin duda, pero estéril.
Aodren, sin embargo, parecía no escuchar. Sólo avanzaba y avanzaba. Lentamente. Un paso tras otro. Sus ojos, aún en aquel momento, brillaban intensos.
―Quizás si ven a su gran héroe caer ante mí ―continuó Meriadeg―, Nebereth aprenderá a ser más humilde.
Entonces el Emperador, deseoso de humillar a Aodren, llamó a Alda, «Lanza Dorada», la única mujer de la Guardia Imperial, y le ordenó acabar con la vida del espadachín.
Alda, obediente, atacó con ferocidad. Durante un momento, «Canción de Plata» volvió a ser veloz y ligera como el viento, y su canto era de esperanza. Por algún extraño prodigio, Aodren parecía haber recuperado su antigua fuerza y danzaba, ágil, mientras lanza y espada chocaban una y otra vez.
Más la ilusión fue breve. Pronto su cuerpo le recordó a Aodren que el Dios de la Muerte no hacía diferencia entre los héroes y el resto de los hombres. Primero fue un corte en una pierna, luego en un brazo. Finalmente sintió el frío del acero abrir su vientre.
Cayó al suelo, de espaldas. Su cuerpo ya no era capaz de responderle. Alguien le arrebató «Canción de Plata», pero ya no importaba. Su papel había terminado.
«Todo termina algún día».
Pudo ver el amplio cielo azulado, tan limpio, tan nítido. ¡Qué bello era! y seguiría estando ahí cuando él hubiera partido. Sonrió, con una sonrisa colmada de nostalgia. Los ojos tristes, aquellos que habían encantado a reinas, doncellas y campesinas por igual, se cerraron, cansados.
―Atraviésale el corazón. Que su muerte les sirva de ejemplo a todos ―oyó decir.
Alguien gritó. Quizás fue una multitud.
El sonido del acero al traspasar la carne y la tierra fue lo último que escuchó antes de sumergirse en un oscuro y cálido abismo.
Y ya no hubo nada más.

¡¡Javier!! Extraordinario cuento. El equilibrio habitual de tu prosa entre la austeridad y las imágenes poéticas a su máximo nivel, sin duda. La forma en la que describes la personalidad de Aodren y su figura de guerrero es una de las mejores cosas de un texto que está lleno de aciertos.
ResponderSuprimirMe gustó mucho la visión que transmite el episodio: como el mismo narrador lo menciona por ahí, la Muerte no hace distinciones entre gente "normal" y héroes... Hace pensar en la fragilidad de la existencia y, de paso, en la determinación de acabar con ella siendo fiel a nuestros principios; en el caso de Aodren, luchando con su espada aún a pesar de su estado desahuciado, más allá del resultado. Si hay alguna definición paralela de heroicidad, yo creo que debe ir en esa senda: seguir hasta el final.
Y ése fue su último canto.
ResponderSuprimirMe gustó. En la línea de lo que es la heroicidad para un valiente guerrero. Y hasta escuchaba en mi mente una voz solemne que correspondía al narrador XD.
Saludos!
Definitivamente, Javier es una de las plumas refinadas que he leído en este momento. Tiene una gran manera de organizar la narrativa, es un agrado editarlo y tiene un sentido muy desarrollado del ritmo dramático.
ResponderSuprimirEspero pronto poder leer su primera novela, que sin duda cambiará lo que entendemos por fantasía en nuestro país.
Saludos cordiales,
F.
Ya empieza bien, con esa descripción del cielo y sus nubes. Es un cuento crepuscular, el último servicio del héroe que conoce su destino. El final de algo, no sólo de el hombre y su espada de plata.
ResponderSuprimirLuego, creo, hay la trama de la aceptación de la muerte, rematada cuando no le importa que le arrebaten la canción de plata. Muy bien transmitido.
Saludos.
La verdad este cuento me produjo un bajón emocional. Como bien apunta Alejandra Láquesis, en el relato se deja oír el eco del mensaje: "luchar hasta el final pese a la adversidad"
ResponderSuprimirEs un mensaje precioso. Cuando todo parece estar en tu contra, cuando el mundo entero parece venírsete encima, toma tu espada y sigue luchando; ahí es donde se deja ver a los verdaderos heroes en todo su esplendor.
Y sin embargo, ¿qué pasa con Aodren? ¡Fracasa! Ups... No sé, es como si te dijeran que no importa cuánta fuerza de voluntad tengas, no importa cuánto te esfuerces, siempre habrá alguien mejor que tú y terminarás perdiendo.
O quizás no entendi muy bien. De cualquier manera es un cuento forjado con una prosa maravillosa, no por nada Maldonado es de mis autores favoritos del blog, no por nada es el favorito de muchos.
Una pluma joven con un futuro inmensamente prometedor.
Creo que lo he repetido en muchas ocasiones, pero no me canso de expresar mi agradecimiento por sus comentarios. En verdad me halagan sus palabras y espero no defraudarlos en el futuro.
ResponderSuprimirNo estaba seguro de dejar un comentario en la entrada, más el comentario del Señor X me motivó a hacerlo. En primer lugar gracias (una vez más) por tantos elogios. Me siento, en verdad, honrado por vuestras palabras. Ahora, me gustaría comentar algo sobre Aodren. Tiene que ver con su "fracaso". El cuento en si tiene que ver con el desprendimiento. Este héroe, al final, es capaz de alejarse de toda esta idea que ha forjado (él mismo y los demás) en torno a su persona. El no busca vencer o, al menos, no es su objetivo principal. Él va porque lo siente su deber. Su último deber, el morir con la espada en la mano. Su destino. Al final, se da cuenta de que el mundo seguirá cuando él ya no esté. La vida sigue, el reino y sus batallas también. Nada depende de un solo hombre. Aodren puede partir en paz, no importan las victorias o derrotas, solo queda la certeza de la finitud.
Matar al "protagonista" de una historia puede ser un arma muy poderosa, sea cuento o novela. Ya muchos lo vimos de algún modo en "Juego de Tronos" de G.R.R. Martin, o en "El Carcelero" de F.A. Real H. Pero es un arma de doble filo, y una muy pesada y difícil de manejar. Javier ha demostrado un gran dominio de esta arma. Todos nos dirigimos hacia la muerte, pero lo que importa es lo que haces al momento de morir, si continúas con tus ideales hasta el final o sencillamente te das por vencido. Lo disfruté mucho, y más al leerlo con la música de tu blog. Espero que pronto pueda leer tu cuento de la colección.
ResponderSuprimirSaludos,
F02.
«¿Le tengo miedo a la muerte después de todo?».
ResponderSuprimirCreo que muchos tenemos una respuesta a esa pregunta: Miedo a la muerte sin propósito, o miedo a la muerte sin cumplir un propósito en la vida.
Aodren funciona como Prat. Un héroe que a pesar de tener una vida ejemplar, es en el momento de su muerte donde deja una marca indeleble en su gente.
Me gustó mucho el relato.
PD.
@Driftale.
Aquí no funciona como en GOT la muerte del protagonista, ya que desde el comienzo se informa. Pero claro, es complejo el uso de esa herramienta, hay que saber usarla y darle credibilidad. Y tampoco que renazcan así de fácil onda Dragon Ball.
Lamento no haber leído antes el cuento. "Aodren Wolf", de partida, aunque extraño es un buen nombre. Empieza con un canto y termina con un gruñido.
ResponderSuprimirAlgo que he podido apreciar de la literatura oriental (aún no sé distinguir entre los lugares de oriente), es esa sensación de desazón y "qué pasa ahora" al final del cuento que me deja, que nos deja, quizás acostumbrado a nuestra literatura. No hay compromisos asumidos con el lector. Y más aún, la moraleja no se expresa, sino que cada quién debe responder a la pregunta o incluso más, plantearse pregunta y respuesta.
Acá, el cuento más que triste, me parece noble. El tipo no viene a ganar, viene a hacer lo que debe hacer. A terminar su camino. Y cuando se sabe derrotado, ocurre un atisbo de sepukku, aunque asistido: espada al vientre y luego el final; sólo que fue el corazón en vez de la cabeza (y aquí recordamos que Kensan_x es el apodo de Javier Maldonado).
Hermoso y noble cuento. Aplausos - melancólicos - para Javier.