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Faarih y Rustam son dos gemelos que han llegado a la legendaria Bajo Raíz. Allí se encuentran con un misterioso anciano llamado Omar, de origen beduino y con una llamativa marca de ciempiés en el rostro, que les cuenta de sus aventuras en la ciudad cuando él era apenas un niño como ellos y estaba destinado a estudiar Magia en la Universidad de Bajo Raíz, aventuras que poco a poco, gracias a la ayuda de algunos amigos y a la superación de distintos desafíos, lo irían a convertir en aquel conocido como el Mago del Desierto.

Muchas expectativas se han tejido en torno a ésta, la obra que inaugura la saga Crónicas de Bajo Raíz y primera novela de José Luis Flores (Alicia, la Niña Vampiro). Las razones no son menores: se trata de una de las pocas iniciativas plenamente fantásticas en la literatura chilena (junto con Leyendas de Kalomaar de Alberto Rojas), publicada en la prestigiosa colección de literatura infantil El Barco de Vapor, de Ediciones SM Chile. Flores, además, se ha manifestado abiertamente influido por autores clásicos del género y con serias intenciones de hacer Fantasía en nuestro país, una postura poco común, que comparte Fantasía Austral, en donde se ha publicado un relato suyo.

Esta postura deferente hacia la Fantasía la demuestra, entre otros aspectos, su trabajo con un mundo secundario (mapa incluido) y las estupendas ilustraciones de Ángela González, con un estilo personalísimo y una calidad incuestionable. El lanzamiento de El Mago del Desierto, por consiguiente, es un hito literario crucial dentro de nuestro espectro, por lo que sus méritos y desaciertos merecen ser analizados en profundidad.

La novela desarrolla ante todo la estructura del Viaje del Héroe, narrando distintas aventuras y conflictos que irán logrando la transición de Omar niño-beduino a Omar mago, en un proceso de crecimiento que pasa por un aprendizaje real de lo que Flores denomina “magia con M grande”, es decir, una magia que no se base sólo en la pirotecnia de los hechizos y tenga un alcance más espiritual en su ejecución y dominio. El concepto, si bien sencillo, funciona bien y permite introducir uno de los mejores aspectos de la obra: el tratamiento de la Fantasía presente en un mundo secundario.

Acusando influencias de J.K Rowling, la Universidad de Bajo Raíz se presenta como una institución que forma a sus pupilos en la Magia, distinguiéndose distintas ramas de estudio: Escuela Elemental, Escuela de Nigromancia y Escuela Mágica General. Como Harry Potter en Hogwarts, Omar llega a la Universidad desde un mundo ajeno a estos aspectos —es un beduino que vive con su familia en el desierto, sobreviviendo a través del comercio nómada— y teme no ser admitido en los exámenes de ingreso o palidecer ante sus compañeros postulantes. La descripción detallada de distintos hechizos y movimientos de combate a lo largo de toda la novela es sobresaliente y original, demostrando que se puede innovar dentro del área y que, efectivamente, la magia no siempre es una bola de fuego bien dirigida. Incluso, hay una introducción a subgéneros fantásticos a través de elementos como los correvapores, maquinarias que se acercan a las propias del steampunk. Hacia el último tercio de la obra, los poderes del protagonista son de una envergadura colosal, y se relacionan con la madurez que éste ha desarrollado.

En la Universidad, Omar conoce a Toru, una enigmática y poderosísima niña de la que se enamora, y que será una motivación constante para el protagonista en sus peripecias. La verdadera naturaleza de la chica desencadenará la revelación de sorprendentes conspiraciones políticas en el mundo y su rapto, por lo que Omar se siente responsable de su salvación, en lo que constituye el argumento de fondo de la obra.

Flores, fiel a su intención de hacer Fantasía, sigue los patrones usuales del género y expone al principio un mapa del mundo “Tierra”, que en su disposición continental recuerda a los Reinos Jóvenes de la saga de Elric de Melniboné, de Moorcock. El nombre de este universo, sin embargo, da cuenta de un problema de configuración, pues la mayoría de los referentes de este entorno fantástico remiten con demasiada exactitud a naciones o culturas de nuestro propio mundo, sin una reelaboración importante. Por ejemplo, las Islas de Jade aluden a las naciones orientales, y se la presenta como una cultura exótica, incorporando conceptos y criaturas propias del imaginario nipón. Otro ejemplo son los nombres del propio Omar y Yusuf, su hermano, que son de origen árabe.

En pocas palabras, hay una mixtura de imaginarios presentes en esta “Tierra” que se basan en culturas de nuestro mundo y que en ocasiones se siente demasiado cercanas, considerando que la Fantasía debiera transportarnos a otro universo. Aún más: algunos elementos menores, como la alusión a un capuchino o a la lectura de novelas gráficas de heroínas por parte de un personaje, son incoherentes con esta construcción de mundo secundario. Positivamente, Bajo Raíz se aleja de esto, pues se la describe vivamente como una ciudad llena de recovecos, además de que la narración hace un trabajo decente al personificarla como una entidad protagónica más.

A pesar de estos problemas de configuración, es evidente que esta “Tierra” no es la nuestra y que los poderes de Omar son sobrenaturales, imposibles de metaforizar. Ahora bien, la novela tiene defectos más importantes que éste, más cercanos al estilo literario que a los elementos fantásticos propiamente tales, a saber: problemas en la narración y en la construcción sicológica del héroe.

En primer lugar, la novela está mayoritariamente narrada en primera persona, bajo la voz de los recuerdos que el mismo Omar dirige, a modo de relato oral, a los gemelos Faarih y Rustam. Sólo el primer capítulo asume una orientación omnisciente. El problema es que, pasadas las primeras páginas, la voz propia de Omar pierde su estilo y los referentes que nos recuerdan el contexto de este relato. Por ejemplo, al final de un inciso, se menciona: “Pero dejen que me guarde mis secretos por un momento; prometo ser sincero en todos los demás” (16). Esto genera un lazo tanto en el lector como en los dos niños con el relato oral, y además es un efectivo gancho narrativo que se relaciona con las emociones de Omar. Hubiera sido agradable contar con más expresiones como ésta a lo largo de la novela, en lugar de otras como “Verán”, que tiene un tono bastante condescendiente y molesto y se repite muchísimo.

En relación con lo anterior, existe un uso discordante de los tiempos verbales. Si Omar está recordando, lo natural hubiera sido que hablara en pasado. Un camino más arriesgado habría sido el presente, pues supondría un mejor oficio narrativo para dar la impresión de que Omar está casi dibujándole con su voz sus aventuras a los niños. Y sin embargo, El Mago del Desierto mezcla ambos tiempos verbales, sin un sentido lógico que justifique el oscilante cambio. Por otra parte, hay algunos fragmentos —sobre todo aquellos que narran las batallas de los amigos de Omar, cerca del final de la obra— que resultan incoherentes, puesto que el niño no se encuentra presente y resulta por tanto imposible que sepa lo que ocurrió en esos episodios. Aun cuando algunos de sus poderes le permitan acceder a la conciencia de algunos personajes, no se hace una referencia explícita para explicar que él está enterándose de todo. Es decir, a la novela se le hace insuficiente la narración en primera persona y cambia a una omnisciente de manera arbitraria e ilógica, si consideramos que es el relato de los recuerdos del protagonista.

Otro gran defecto en la novela, en atención a su estructura monomítica (Viaje del Héroe) ya mencionada, es la construcción de personaje de Omar. Si nos centramos en las excelentes ilustraciones de Ángela González, veremos un protagonista con una mirada hondísima, llena de melancolía, a la vez que serenidad y madurez. Sin embargo, Omar no se muestra de esa manera en buena parte de la obra, sino más bien como un niño bastante más seguro de sí mismo que lo cabría de esperar a partir de todo lo que vive. Es decir, no se aprecia bien su conversión en héroe, puesto que al parecer ya lo es desde el principio a pesar de su origen beduino y apartado de la magia. Es un niño prodigio, como lo demuestran sus resultados en los exámenes de ingreso y sus victorias en distintas batallas. 

Ya bastante avanzada la novela se aprecia una seriedad mayor en su actitud, concordante con el aumento de la gravedad de los conflictos centrales. Es aquí donde aparecen recién las dudas, penas y tristezas de Omar, siendo que, dado su origen y llegada a Bajo Raíz, debiera haberse mostrado mucho más humilde en un principio para favorecer su coherencia interna. 

Este problema se debe en buena medida al hecho de que la narración adquiera un tono que quiere ser humorístico pero que resulta innecesariamente burlesco. Existen numerosas notas al pié de página con añadidos irónicos (recurso propio de Terry Pratchett), los que sin embargo suenan prescindibles o fácilmente incorporables dentro del cuerpo principal de la historia. Tal vez se apeló a este procedimiento para darle un tono de humor a la novela, pero si consideramos que Omar experimenta episodios emocionalmente complejos, estas inserciones entran a restarle el tono de seriedad necesario para que, como lectores, nos identifiquemos con el crecimiento del protagonista. 

Dos ejemplos que ilustran esto; el primero, describiendo la actitud de Omar ante su primer oponente decisivo; el segundo, hacia la muerte de su abuelo: “—Tengo una misión sagrada. Quizá no lo consideres así (…), pero debes creerme, esto lo hago por el bien de todos (…). Ahora me has de dejar pasar. —No sé cómo serán las cosas en tu tierra, pero por estos lados… no sé, tienes que tener más argumentos.” (43); “Era un momento de tristeza: el abuelo, el líder de toda la tribu, se había ido con los ancestros. Conociendo al viejo, de seguro ya estaba saqueando los reinos del cielo” (83). 

En pocas palabras, Omar se muestra a veces como un chico arrogante y con exceso de confianza en sus habilidades, cuando a pesar de su potencial no deja de ser un niño que se enfrenta con situaciones bastante complicadas. No deja de ser curioso que el protagonista se enriquezca sicológicamente cuando por fin se reencuentra con sus camaradas, puesto que estos están bastante bien construidos como personajes a pesar de ocupar menos páginas en su desarrollo: Yahil, el golem con sentimientos; Calamidad, la gata sabia; Azkav, el monje; Rass, el enigmático maestro; y los llamativos adversarios menores: el asesino ciego Kenta y la “flechero” Raimilla.

El Mago del Desierto, en resumen, da cuenta de aspectos que son casi inéditos en la literatura fantástica chilena publicada y que demuestran que la Fantasía, por fortuna, al fin está abandonando el desdibujamiento genérico y la alegoría, tendencias que parecen impuestas en el panorama fantástico actual. Hay un trabajo consistente del concepto de la magia en la obra y un entorno que, aunque adolezca de un parecido excesivo con nuestro propio mundo, se desenvuelve de manera decente y que tiene su mayor baza en la propia Bajo Raíz. La novela, además, se deja leer de manera muy amena y sabe enganchar a lectores de todas las edades, pues la prosa de Flores es aceptable y sabe lograr buenos momentos.

Si tan sólo hubiera una mayor coherencia narrativa, en el sentido de que se privilegiara un tono serio por encima de un humor que no aporta mucho, la historia cobraría mucha más profundidad y podríamos apreciar mejor la conversión de Omar en el Mago del Desierto. Quizá a la mayoría de los niños les guste el tono humorístico y la personalidad del protagonista, enriquecida heredera de algunos planos héroes de animé juveniles, pero sin duda habrá uno que otro —al fin y al cabo, futuro lector de calidad— que habría preferido presenciar este crecimiento desde lo más bajo, sintiéndose identificado con algunos aspectos y con la esperanza de que él o ella también pueda convertirse en quien de verdad desee si vence las dificultades.

En otras palabras, El Mago del Desierto se transforma en una obra muy amena, con méritos muy destacables, y con defectos que pueden subsanarse en las siguientes entregas de Crónicas de Bajo Raíz. Se trata de una novela que sienta precedentes importantes en nuestro género, por lo que esperamos que su seguramente buena acogida por parte de los lectores (niños o adultos) contribuya a abrir más espacios de publicación a la literatura fantástica que pretenda desmarcarse de lo que se está haciendo actualmente. Es decir, a la literatura fantástica que quiere escribir Fantasía con f grande.

Otra visión de esta novela en el blog de Emilio Araya Burgos.

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