jueves, 23 de febrero de 2012

Cuento: "El Misterio de Ulmag", por Cristián Álvarez

Nadie supo cómo y en qué momento aquella extraña escultura apareció en la cumbre del cerro Ulmag. Sólo se sabía que una mañana cualquiera alguien advirtió su presencia y avisó de aquella anomalía a los habitantes del joven poblado del mismo nombre, una pequeña aldea nacida en los pies del cerro antes mencionado, caracterizada por su artesanía y ganadería. Éstas abastecían mayoritariamente a la ciudad estado de Wilmelm, ubicada veinte kilómetros al sur, la que consideraba a Ulmag un lugar tranquilo para hacer negocios ganaderos y descansar los fines de semana. La gente de la aldea, además, era conocida por ser pacifica, de facciones alegres y de buena camaradería.

Sin embargo, desde la aparición de aquella figura misteriosa, la pequeña Ulmag se había desconcertado, siendo tema de conversación obligado para las charlas de bares y tertulias entre ancianos las más diversas conjeturas sobre el origen de la escultura.

Antes de tomar la determinación de avisar a las autoridades de Wilmelm, el regidor del pueblo llamó a un concilio ciudadano en la plaza cívica. La idea principal era enviar una pequeña comitiva, compuesta por un sacerdote, dos oficiales reales, y el científico del pueblo a investigar al cerro Ulmag, para estudiar y analizar todo lo referente a la misteriosa escultura y sus implicancias teosóficas, si así lo ameritaban. La salida del equipo ocurrió una semana después del descubrimiento de la figura.

Tras una semana más luego de la partida del denominado grupo de los cuatro, no llegaba noticia alguna de ellos, ni tampoco se veía movimiento anómalo alguno sobre el cerro que diera indicio sobre el paradero de los aventureros. Un hálito de misterio comenzaba a rondar por aquellas antiguas tierras y los comentarios e hipótesis infundadas circulaban por los aires.

El Regidor del pueblo, quien se encontraba tanto o más preocupado que el resto, decidió realizar un concilio extraordinario para tratar el tema, esta vez en el ayuntamiento local, donde debatieron hasta altas horas de la noche las determinaciones que deberían tomar. Al existir un evidente temor de que los viajeros hubieran sufrido algún tipo de accidente, decidieron convocar para el día siguiente a las autoridades reales de Wilmelm para iniciar una búsqueda exhaustiva, apoyados por la caballería real. Sería el propio Regidor quien se acercaría a las autoridades para ponerles al tanto de la situación. Una vez que la aprobación fue unánime, se cerró el concilio y se dejó todo en manos de la máxima autoridad de Ulmag.

***

Debí llegar cerca de mediodía al hermoso pueblo de Ulmag, que me dio la bienvenida con sus hermosas casonas de amplios balcones y sus jardines decorados con flores multicolores. Al fondo de la ciudadela, y como la más fina de las pinturas, aparecía el imponente cerro que daba nombre al pueblo, el cual parecía haber sido creado por el mejor de los artistas. Sus colores parecían bocetos perfectos, mezclándose con la luz natural del valle y haciendo de aquella mole la postal perfecta para aquel mundo de erde y musgo. «El hermoso Ulmag, tan impresionante como siempre», pensé desde mi asiento.

A pesar de lo agradable que pudiera sonar la estadía en Ulmag, en esa ocasión mi viaje no fue realizado por placer. Un desafortunado evento —que se podría tildar de catastrófico— fue el detonante para que me hiciera presente aquella mañana como oficial real. La desaparición de cuatro habitantes del pueblo, bajo un mandato municipal, me llevó a que iniciara una investigación para presentar un informe a mis superiores.

***

—Bienvenido a Ulmag, señor Colmun.

La voz del Regidor mostraba preocupación. Los sacos grises bajo sus ojos delataban noches de malos sueños, quizás pensando en cómo encontrar a sus vecinos, prácticamente tragados por lo desconocido. Traté de ser lo más cortés posible para demostrar mi preocupación ante la situación. Sin duda que mi presencia significaba un gran avance para él y un desafío muy grande para mí, pero me aseguré de hacerle ver que estaba dispuesto a tomarlo.

Luego de invitarme a una pequeña mesa para tomar un delicioso té oriental, me puso al día sobre los acontecimientos. Sus palabras dejaban un manto escalofriante que me desconcertaba.

—Oficial —prosiguió con una seriedad mezclada con tristeza— Para mí la desaparición de los muchachos ha sido un tema muy personal. No sé si usted ya sabía, pero el sacerdote era mi hermano mayor, por lo que me aterra la posibilidad de que encuentre su cuerpo junto al de los demás. Sin embargo, mi apreciación personal sobre estos acontecimientos no debe ser mezclada con lo que debemos conversar en esta reunión.

—No se moleste, su alteza. Lo entiendo perfectamente.

—Muy bien —tosió—. Hace algún tiempo, en nuestro pueblo ocurrió un evento fuera de lo normal. No sé si pudo apreciar en su llegada que sobre la cumbre del cerro Ulmag, se encuentra una extraña forma desconocida para nosotros. Según lo que pudimos observar con nuestros telescopios, logramos notar que aquella figura posee una composición sólida, similar a la de una roca, por lo que su ubicación por manos humanas es prácticamente imposible, al menos si de una noche se tratara.

—¿Una noche? No entiendo.

—Mire. Aquella escultura (porque creo que fue moldeada por manos humanas) apareció de la noche a la mañana. Nadie vio cómo llegó al cerro, sélo se sabe con certeza que una mañana apareció de la nada, y esa fue la razón de peso de por qué enviamos un grupo a investigar, que justamente fue el desapareció.

Mis cejas se arquearon como las de un puma acechando a su presa debido a lo inverosímil que me sonaba aquel fantástico relato. Me parecía bastante peculiar que el Regidor inventara tal historia, justificando una desaparición tan misteriosa como la que me contaba. Sin embargo, con la pasión y preocupación con que me relataba aquellos eventos, me pareció que todo lo que me decía era tan real como el imponente cerro a las afueras del pueblo. Para confirmar sus palabras y comenzar a entender la situación, le sugerí que me acompañara para ver con mis propios ojos a la misteriosa figura del Ulmag, la causante de todas sus desgracias. Cuando salimos, vi que en una de sus manos llevaba un pequeño catalejo de madera.

—Vea allá arriba, justo sobre mi índice —me dijo, mientras me entregaba el instrumento óptico—. A simple vista cuesta distinguir, pero el catalejo le mostrará lo imponente de aquella figura. Parece una espada invertida enterrada en la tierra.

Cuando logré acomodar el lente hacia donde me indicaba el Regidor, el impresionante tamaño de la figura me cautivó, haciéndome entender por lo liso de su superficie que era imposible que esa creación fuera natural. Como mi compañero decía, aquella misteriosa figura era similar a una espada de proporciones exageradas, enterrada sobre la cumbre con su empuñadura apuntando a los cielos, de un material parecido al metal, liso y opaco como si hubiera sido esculpido y limpiado de imperfecciones. Una escultura perfecta, tan misteriosa en origen como en su composición.

—Es impresionante. Calculo que debe medir unos treinta hombres, uno sobre el otro. Se nota que su altura es impresionante. Viéndolo desde el catalejo uno realmente considera sus proporciones, señor Colmun.

—Estoy de acuerdo con usted, Regidor. Es una estructura realmente enorme. Me es imposible creer que haya aparecido en una noche.

El pobre viejo trataba de sonreír como cortesía a mis palabras, aunque el dolor y la angustia dificultaban que se explayara normalmente. Luego de observar desde el bajo del pueblo hacia la corona de la enorme mole, decidimos entrar al ayuntamiento para continuar con nuestra reunión. Una vez que comprendí la realidad de mi misión, me di cuenta de que mi labor no sería tan normal ni fácil como pensaba.

***

Cuando comencé mi ascenso desde las faldas del enorme Ulmag, recordaba algunas palabras de la charla sostenida con el Regidor, un día antes. «Encuéntrelos, sea como sea», me pidió, con una tristeza que pocas veces había visto en mi carrera. 

Para mi disposición durante la travesía, el Regidor me entregó a cargo un viejo pastor, quien conocía como la palma de su mano aquellas tierras. Me dijo que se llamaba Leman, que desde los tres años recorría los accidentados senderos del Ulmag y que tenía una bella esposa y dos hijos. Aunque el temor a desaparecer como los excursionistas había provocado su recelo de principio, aceptó a regañadientes cuando el Regidor le prometió grandes recompensas si me ayudaba en mi empresa. El pobre pastor me comentó, mientras avanzábamos, que aquellas riquezas le servirían para ayudar a su miserable familia, pero que al primer atisbo de peligro desertaría sin dudarlo, aunque significara dejarme atrás. Le comenté que era lo más justo para ambos aquella determinación y que no me interpondría en su camino cuando ocurriese. Como gratitud a mi honestidad, me regaló una pequeña figura de madera.

—Muchas gracias por su obsequio, señor Leman.

—Gracias a usted por comprender mis reparos —me respondió con su voz arrugada por el paso del tiempo—, pero no se preocupe, señor Alud: le aseguro que le seré muy útil en su travesía, hasta que sea necesario.

Observé la figurilla que en esos momentos colgada de mi cuello, reconociendo en sus facciones el rostro de mi compañero.

—Una antigua tradición ulmaga, traspasada de generación en generación, cuenta que los antiguos guerreros ulmagos esculpían pequeños tótems de madera, en los que se grababa el propio rostro. Se dice que con esa pequeña figura uno se protege de los malos espíritus. En cambio, si uno regala un tótem a un amigo o un ser especial, le traspasa esa protección, complementándose con la del beneficiado. Le aseguro que mi protección le protegerá en su travesía, cuando deba regresar.

Continuamos ascendiendo a velocidad ligera. La mañana pasaba a convertirse en tarde después de nuestra merienda, indicándonos que deberíamos apurar nuestros pasos para llegar antes del anochecer a la cumbre. Continuamos entonces nuestra caminata hacia la corona del Ulmag, la cual nos esperaba silente, coronada por la misteriosa figura que a cada paso que dábamos se mostraba majestuosamente con sus imponentes proporciones.

Una vez que el sol descendió tras las montañas, dejando una estela luminosa en su camino, nos encontramos rodeando un peligroso risco que dividía nuestro camino violentamente y desde donde podíamos observar el majestuoso valle de la región. Mi compañero se acercó sigilosamente para estudiar la firmeza de aquel tramo, indicándome que en alguna oportunidad le había cruzado en sus años de juventud, pero que creía que su cansado y desgastado cuerpo no soportaría en esta ocasión tamaña presión. En cambio y según su experiencia en la montaña, yo podría cruzar sin mayores inconvenientes. Cumpliendo con mi palabra y haciendo valer la condición que me había impuesto, le liberé de tal responsabilidad, dejándolo partir de regreso a casa, no sin antes agradecer su corta pero efectiva compañía. Acordamos pasar la noche en aquel lugar para separarnos a la mañana siguiente. La noche se había dejado caer, cubriendo con su manto de misterio y de absoluta oscuridad.

***

Un grito desgarrador me despertó bajo el viento y las tinieblas. Me levanté raudo ante una amenaza desconocida, representada por un gigantesco brazo que aparecía entre la noche, apretando sus invisibles dedos en el tobillo de mi compañero. En cosa de segundos, logré percatarme de que el viejo pastor era levantado por los aires para desaparecer bajo la sombra que se hacia presente sobre mi cabeza. Grité bajo un terror indescriptible, pronunciando el nombre de quien fuera mi guía y a quien sentía debía proteger como si de un buen amigo se tratara. La fogata estaba consumida y ni siquiera las brasas que quedaban lograban iluminar a mí alrededor, haciéndome caminar a ciegas con mi espada desenvainada.

Me pasé las horas expectante bajo la oscuridad, esperando un destino similar al de Leman. El miedo y el sudor me mantenían frío bajo la noche, asustado y sin ideas, sóolo esperando a un posible enemigo que no aparecía ni daba señales de atacar. Me levantaba, caminaba un poco y luego me sentaba, sigilosamente observando lo que pudiera y lo que me permitieran las sombras de la madrugada. Luego de eso, y sin darme cuenta, caí dormido sin mediar cuidado alguno a pocas horas del amanecer. Para mi fortuna, aquel misterioso brazo no volvió a aparecer.

Desperté casi aturdido, con mi cabeza apoyada sobre la tierra húmeda, un poco agitado aún por la extraña situación ocurrida la noche anterior. Me quedé pensando, observando los rastros dejados por mi compañero. Un pequeño pañuelo yacía en el suelo, único vestigio del hombre que había dormido tranquilamente en aquel espacio. Recordé cómo hablaba de su familia, la forma en como se mostraba orgulloso de sus hijos y de sus planes futuros con su recompensa. Desgraciadamente, nada de eso ocurriría, quedando sólo como una triste anécdota que ni valdría la pena contar.

***

«No puede estar muerto. ¿Y si se lo llevó y lo mantiene con vida? Debo salvarlo, todavía estoy a tiempo».

Sin dudarlo más, me levanté de mi tristeza y decidí buscar al viejo pastor para rescatarlo. Apresuré mi paso hacia el lugar donde creía que había sido llevado mi compañero. Para ello, debía orillar el infinito risco, el mismo al que Leman había decidido evitar la tarde anterior.

No sé exactamente cuánto tiempo me tomó el cruzar a la intemperie, soportando las ventiscas de la montaña, sólo sé que luego de un largo sufrimiento salté torpemente para caer sobre la hierba en el otro extremo de mi camino.

A poco andar sobre las tierras altas de la montaña, me detuve justo antes de ingresar a un extenso bosque. Una misteriosa intuición me decía que por ese camino lograría llegar con el pastor desaparecido. Una imagen fantasmal que se proyectaba en mi mente me mostraba a Leman, siendo levantado por los aires por el brazo, que cual danzaba como una serpiente para devolverse raudamente hacia la cumbre. La niebla negra de la noche anterior evitó que lograra observar ese detalle, pero aquel recuerdo me mostraba la procedencia de aquella monstruosa extremidad; la cumbre del impresionante Ulmag.

Al internarme en el bosque, los árboles resultaron ser de unas proporciones gigantescas. Sus sombras se proyectaban con una densidad que evitaba la penetración de los rayos solares, llegando casi a la oscuridad absoluta. Para evitar que las tinieblas dificultaran mi camino, transformé un podrido tronco en una improvisada antorcha, útil para transitar en aquellos territorios. La inseguridad que me provocaba el recorrer aquel bosque en esas condiciones, me hizo desenvainar mi espada para estar alerta ante cualquier eventualidad. La aterradora situación vivida la noche anterior aún se mantenía fresca y amenazante, por lo que la mínima seguridad que me brindaba mi hoja era suficiente para continuar mi camino.

A medida que me internaba en las entrañas del bosque, a lo lejos se oían voces desconocidas, que se me asemejaban a lamentos fantasmales. Estos alaridos me hacían erizar la piel, recordándome lo frágil que uno puede ser. Desnudo. A la merced de lo desconocido, acompañado por mi soledad y por la imperceptible luminosidad de mi antorcha. Recorrí bajo las tinieblas, casi a ciegas, adentrándome en esos desconocidos territorios, eludiendo las raíces reptantes de los gigantescos árboles, esperando en cualquier momento la aparición del monstruoso brazo de sombras.

No medí el tiempo exacto que me tomó atravesar las sombras del bosque. Sólo me percaté de que cuando había dejado sus laberínticos rincones, la noche ya estaba presente. Cuando me detuve en un claro desnudo por la falta de vegetación, me encontré con miles de estrellas brillando como pequeños diamantes sobre el firmamento. Luego de aquella revelación, mi vista se aproximó a la cumbre de Ulmag, donde logré apreciar en su máximo esplendor a la causante de todos mis pesares: la figura misteriosa. La espada invertida, clavada sobre la tierra, yacía brillante como una de las tantas estrellas que había contemplado hacía algunos segundos. Sin dudarlo mucho, comprendí que no me encontraba solo en las alturas.

«Leman. Está vivo».

***

El viento soplaba sobre la colina, con una violencia inusitada. La cumbre desnuda parecía un mar infinito bajo la luna, gracias al oleaje de la niebla nocturna. El brillo de la perla de los cielos caía sobre mis ojos felinos, los cuales yacían expectantes ante las luces misteriosas.

Me acerqué sigilosamente detrás de unos roqueríos, desde donde logré observar con mejor la figura de la cumbre. Debo admitir que sus dimensiones me sorprendieron bastante, dejándome perplejo aquella fantástica imagen que parecía venida de otro mundo. Dicha escultura poseía una altura tres veces mayor a la de una atalaya, delineada con unas formas cilíndricas perfectas, tan definidas que era casi imposible que la hubieran esculpido manos humanas. El blanco de su color, parecido al marfil, a ratos brillaba por las luces danzarinas, las cuales se perdían en el infinito de la noche tras impactar sobre ella. Todo aquel conjunto de elementos tan inverosímiles para mi concepto de realidad me parecían impresionantes, casi de inspiración divina.

De pronto, un grito espeluznante se escuchó a mis espaldas. A los pocos segundos se repitió aquel gemido, revelando su procedencia sobrenatural. Luego otro gemido, acompañado por otro, hasta escucharse una cantidad imperceptible para mis oídos. Cuando me giré para descubrir la procedencia de aquellos alaridos, mi corazón se detuvo por aquellas monstruosas presencias, las cuales parecían acercarse a gran velocidad.

Logré contar cinco siluetas cuadrúpedas, tan peludas como un Gálor de las cavernas, que se abalanzaban sobre mí. Sus fauces se abrían amenazantes a cada gemido que lanzaban, descubriéndome sus enormes colmillos. El primero de los monstruos en llegar, saltó bruscamente a la altura de mi cabeza, buscando como por instinto la abertura bajo mi cuello. Logré asestarle un golpe de puño, lo cual hizo que aquel monstruo saltara y huyera despavorido, mientras sus otros compañeros yacían en posición de ataque a pocos metros. Era tal la rabia y locura de aquellas criaturas, que sus cabellos se encontraban erizados, junto a sus ojos inyectados por la sangre. 

Desenvainé mi espada, invitando a mis atacantes a que se atrevieran a luchar conmigo con algunos gestos de combate, lo cual no fue correspondido por los aludidos. A los pocos segundos, comprendí que aquellas criaturas no tenían iniciativa propia, por lo que un silbido lejano les alertó y les hizo retroceder hasta alejarse un buen trecho.

Me acerqué cuidadosamente, encolerizado por la adrenalina. Mi espada brillaba mágicamente aquella noche, mientras me mantenía en posición de ataque e invitaba a mis atacantes a que regresaran. Al no recibir respuesta, me acerqué hacia la oscuridad de su procedencia. Nuevamente escuché el misterioso silbido, sin reconocer su real origen.

—¿Quién anda ahí? —grité hacia el vacío— ¡Entréguenme a Leman y nos vamos de acá!

No hubo respuesta.

—¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen? ¡Digan algo, malditos monstruos!

A los pocos segundos, desde el interior de las tinieblas, apareció el brazo monstruoso que había capturado a Leman. No alcancé a zafarme de esos enormes dedos que me apretujaron los tobillos y me levantaron varios metros sobre la cumbre. Al verme sobrevolando a la intemperie, mi espada cayó al vacío por mi torpeza. De la misma forma que la hoja desapareció entre las sombras, mi conciencia se desvaneció hasta perder la cordura. Antes de cerrar mis ojos, lo único que logré divisar bajo aquella noche fue el tótem de Leman, que seguía colgando de mi cuello.

***

Desperté en un lugar fuera de este mundo, bajo un manto blanco que traspasaba mis parpados, aunque me esforzara en cubrir mis ojos con mis manos. Había una luminosidad penetrante, que me provocaba una picazón que hacia palpitar mis globos oculares. Cuando logré componerme de aquellos malestares, me encontré dentro de una extraña habitación. Un espacio sin ventanas, cubierto por esa luminosidad casi fantasmal, que según logré concluir, provenía de unos extraños cilindros insertos al techo del habitáculo. «¿Qué tipo de magia es esa?», me dije, sorprendido por aquel descubrimiento.

A mi alrededor, los muros formaban un solo elemento; descubrí a los pocos segundos que formaban parte de una semiesfera que seguramente era la forma exterior de aquel inmueble. Una obra de ingeniería demasiado avanzada para la existente en nuestro mundo.

En el muro orientado a los pies de mi cama, logré divisar los bordes finísimos de un rectángulo vertical, del cual concluí que correspondía a la puerta de la habitación. Al no encontrar un picaporte o alguna manilla que me permitiera manipularla, me acerqué para estudiarla y ver la forma de abrirla.

«Ábrete, maldita sea. Ábrete, estúpida puerta».

Luego de forcejear inútilmente, logré escuchar un click, que dio pie a que se abriera como una trampa. Cuando se reveló lo que me esperaba al otro lado, instintivamente retrocedí de un salto, aterrado por la aparición bajo el umbral. Un manto brumoso ingresaba a la habitación, junto con el monstruoso visitante que ingresaba a paso lento. La criatura era un poco más alta que yo, de una piel rugosa y brillante y de una cabeza bastante desproporcionada a su cuerpo, de la cual salían unos tubos extraños que se conectaban a una joroba perfectamente cuadrada. Me llamó la atención un bordado que se encontraba zurcido a uno de sus brazos, algo similar a una bandera, compuesta por varias barras rojas rodeando a un conjunto de estrellas ubicadas en una de sus esquinas. Su cara era una especie de cubierta de cristal oscurecida que parecía un enorme ojo, de donde nítidamente se divisaba algo similar a las facciones. Una criatura bastante aterradora y extraña, que me paralizó con el solo hecho de permanecer inmóvil frente a mí.

—¡Quiénes son, qué quieren de nosotros!

Empecé a gritar, desesperado, buscando algún objeto que me sirviera de arma. Todo fue inútil, estaba a merced del monstruo, aterrado, tan vulnerable como una rata.

La criatura levantó su brazo derecho, como pidiendo que me calmara. Me encontraba sentado junto a la cama, con mi espalda apoyada a la marquesa, observando con mis ojos desorbitados. La criatura se me acercó cada vez más, ahora con ambas manos levantadas. Mi rostro se reflejó en su ojo de cristal, al igual que en un espejo, apenas distinguiendo mi cara distorsionada por su convexidad. La corta distancia entre ambos me reveló un rostro al otro lado del reflejo. Un hombre tan normal como yo me observaba fijamente con unos ojos tan azules como los cielos de Ulmag. Una sonrisa compasiva se dibujó en el hombre, quien se quedó fijamente observándome sobre mi cabeza.

A los pocos segundos, sentí un pinchazo a la altura de mi cuello. La habitación comenzó a girar, tornándose borrosa como una pintura mal hecha. El visitante se convertía en un ente amorfo, ensombrecido por mis pestañeos hasta perderse bajo un manto de oscuridad que me hizo desfallecer. Todo parecía un mal sueño, una historia extraña en un mundo extraño, ocurriendo en la más absoluta realidad. Una escena perturbadora que se borraba en un segundo, para finalmente caer inconsciente sobre el frío suelo de la habitación.

***

Desde la cumbre del Ulmag, observo hacia el horizonte, cubierto por el frío de las montañas. El viento sopla más fuerte de lo normal, quizás presagiando los agitados días por venir. A lo lejos, y casi imperceptible, el pequeño pueblo espera silente, ignorando su macabro destino, que le sería develado muy pronto.

«Es un mal necesario».

A mi derecha, Leman me acompaña silencioso, con sus cejas arqueadas y su sonrisa apagada. Se le ve más joven, más gallardo y compuesto. De facciones más estilizadas si se comparara con el viejo pastor que iniciara el viaje a mi lado. Junto a él, otras personas que a mi amigo le son familiares se encuentran en la misma situación que nosotros: observando el valle en donde se encontraba su antiguo hogar, con sus rostros melancólicos, quizás pensando o tratando de analizar el porqué de las cosas por ocurrir. Aquellos individuos, hace algún tiempo, fueron a quienes llegué a buscar. Los cuatro desaparecidos que se encontraban ahora con nosotros, esperando el momento para actuar.

Siempre estuvieron vivos. Aprendiendo. Conociendo una realidad negada por centurias. En las mentes de todos, incluyéndome, una nueva verdad se incubaba a cada segundo. Una revelación que a esas alturas ya nos pertenecía como identidad y que significaba la verdad absoluta sobre las cosas. Nuestras antiguas creencias, formas de ver el mundo y nuestras aspiraciones en la vida, habían cambiado radicalmente. Nuestros ojos habían sido abiertos por la verdad. Una verdad que pronto conocerían en el pueblo de Ulmag.

Desde lo más alto de la cumbre, un gran ejército descendía hacia donde nos encontrábamos. Delante de ellos, una jauría de hermosos pastores alemanes avanzaba a grandes trancos. Una sensación de haber vivido esa escena me embargó.

El líder del batallón número tres casi me doblaba en estatura. Sus facciones eran rectas, como si lo hubieran dibujado con ángulos cuadrados, resaltando su aspecto tosco, ideal para un guerrero de su reputación. Una gran cantidad de condecoraciones y medallas colgaban de su solapa, todas obtenidas por su valentía y excelente servicio al ejército. A pesar de la impresión dura que destacaba su aspecto, había sido el primero en recibirme y en conversar conmigo a mi llegada. Aunque en nuestro primer encuentro se había presentado con un traje protector, que en su momento me había intimidado.

—Señor Colmun, han pasado seis meses humanos desde su llegada al campamento… Tiempo suficiente, en el que aprendí muchas costumbres humanas, especialmente a entender su idioma. Me imagino que este día, para el cual se preparó junto a sus coterráneos, fue esperado con ansias de vuestra parte.

—No se equivoca, señor Collins. Desde que nos revelaron la verdad hemos esperado este día, contando cada segundo y mentalizándonos para ello.

—Excelente. Me alegra saber eso. Ahora, acompáñenos con su gente para comenzar con la purga. Todo bajo la mirada de la cruz de nuestro señor.

Antes de descender hacia Ulmag, una última oración nos reconfortó. Aquella media mañana, bajo la cruz monumental del cerro, comenzaba una nueva era en nuestro mundo. Y nosotros seriamos los protagonistas principales de la revolución. Bajo el poder de la cruz de nuestro señor.

«Amén».

2 comments:

  1. Me pareció un buen cuento, en algunos pasajes muy parecido al estilo de Poe. Hacia el final se me vino a la mente Bradbury y sus Crónicas Marcianas; no obstante, hubiera preferido (aunque quizás ya sea un lugar común) que Ulmag hubiera sido un poblado extraterrestre, descubierto por astronautas gringos. Pero bueno, en cosa de gustos no hay nada escrito, de todas formas felicitaciones.

    PD: En algunos párrafos deberías trabajar mejor el tema de los pronombres y los adjetivos posesivos, cito: “La criatura levantó su brazo derecho, como pidiendo que ME calmara. ME encontraba sentado junto a la cama, con MI espalda apoyada a la marquesa, observando con MIS ojos desorbitados. La criatura se ME acercó cada vez más, ahora con ambas manos levantadas. MI rostro se reflejó en su ojo de cristal, al igual que en un espejo, apenas distinguiendo MI cara distorsionada por su convexidad”.

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  2. A mí me recordó más a Lovecraft, por la voz en primera persona de un hombre racional y cuerdo que se enfrenta a un misterio que termina siendo una ominosa revelación. Es decir, por un asunto más temático que por cualquier otra cosa.

    Creo que uno de los méritos del cuento es trabajar desde el subgénero del horror y rozar levemente, hacia el desenlace, algo que podría quizá considerarse como propio de la ciencia ficción, pero de una manera atractiva y distinta. Hago esta atenuación por la forma particular en que el protagonista describe a la "criatura" que se le acerca al final: evidentemente, para él es un Otro, aunque nosotros como lectores podamos sacar nuestras propias conjeturas al respecto.

    Creo que habría sido todo demasiado predecible si el autor se hubiera decantado derechamente por un vuelco a la ciencia ficción. Aparte de que no lo habríamos podido publicar acá, por incompatibilidad con la línea editorial:P

    Saludos

    ResponderSuprimir

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