Cierto día, al atardecer, Yorik Grimbaum descendió por el boscoso sendero que conectaba el Aguasbravas con la calzada que subía hasta Herbazales, pasó por el pequeño pueblo y pidió consejo al posadero sobre la explanada que se extendía a la salida norte del poblado. El hombre se puso muy nervioso cuando se enteró de que Yorik planeaba seguir en esa dirección, puesto que se trataba de una ruta con muy mala fama entre los parroquianos de Herbazales. Decían que una oscuridad hambrienta moraba en el corazón del páramo y devoraba a todo aquel que intentara cruzar del otro lado.

—Estoy seguro de que podré hacerlo —dijo Yorik, con el aire de confianza y suficiencia propio de su juventud—. Además, tengo buenos motivos para hacerlo. Más allá, me han dicho, se encuentra la tierra de los Fieles, del Pueblo Blanco que aparece en las historias. ¿Y sabe usted? No hay nada que quiera más en este mundo que encontrar una esposa entre sus doncellas, que me dé un hijo valiente y afortunado del que luego se hable en las leyendas. 



El posadero nada dijo. Los ojos de Yorik brillaban tanto cuando hablaba que el hombre pensó estar frente a un joven de carácter impetuoso y susceptible al que no se podía persuadir sin causar un alboroto. Así, como temía por la integridad de sus botellas y sus mesas, se arremangó los puños y siguió sacando brillo a los vasos que adornaban el mostrador sin decir una palabra.

—Quizás desee hospedarse aquí esta noche —dijo de pronto el tabernero—. Se hace tarde y ya debe haber andado muchas leguas. 

Yorik aceptó la invitación, pues en efecto la luz se batía en retirada y sus piernas le dolían de quemar millas. Así, pasó aquella noche al amparo de un techo protegido, en una buena cama y también con buena compañía, pues aunque deseaba encontrar una esposa entre los Blancos no desdeñaba los encantos de las propias mujeres de su raza. 

Al día siguiente, el aventurero se levantó muy temprano y bajó a desayunar. Su anfitrión le dio los buenos días esperando que el descanso le hubiese permitido recapacitar. Sin embargo, se llevó una desagradable sorpresa cuando vio que, a pesar de haberse divertido, seguía con aquella estúpida idea de cruzar el páramo e ir en busca de una de las Fieles. «Está todo perdido para él», pensó, y entonces esperó a que terminara de comer para pedirle educadamente que partiese. Y Yorik, a quien ya no le quedaba más que hacer allí, se marchó en busca de la doncella de sus sueños. 

Al norte del Herbazales el camino era tan plácido como habría cabido imaginar. El trayecto que se internaba en la llanura atravesaba las vastas extensiones de hierba de las que provenía el nombre del lugar. Praderas verdes y onduladas se extendían incluso más allá del horizonte, entre cinturones de árboles que asomaban en los bordes de las lomas o acencios solitarios cuyas ramas se elevaban hacia el cielo, cubiertas de hojas de colores otoñales en plena primavera. 

—Qué exagerados son estos campesinos —dijo Yorik, mientras contemplaba la carretera—. Ni si quiera en mi país hay caminos tan ordenados y bien tendidos como estos. 

Al atardecer, sin embargo, cuando el sol desapareció tras unas elevaciones montañosas y los tupidos herbazales que se extendían hacia el sur empezaron a desaparecer, Yorik llegó hasta una región oscura y fría donde soplaba un viento frío y áspero cuya voz se elevaba hasta desaparecer en la palidez de un horizonte desnudo y rocoso. De pronto, a lo lejos, le pareció ver que, en lo alto de una pila de piedras, el esqueleto de un hombre alto le saludaba sacudiendo su mano contra el cielo. No obstante, cuando aguzó la mirada para ver con claridad, se dio cuenta de que sólo era un viejo y retorcido árbol cuya silueta coronaba un risco desolado. 

Fue en ese momento cuando las palabras del tabernero empezaron a parecerle sensatas. Acicalado entonces por una súbita sensación de que su vida corría peligro, giró sobre sus talones y quiso regresar. A pesar de ello, una bruma densa y blanquecina había descendido de la nada, como un telón o el crespón que guarda las facciones de un cadáver al que se vela en una iglesia. 

—Vaya, vaya —dijo entonces una voz, grave y temblorosa como el croar de un inmenso sapo—, si no es este otro viajero perdido. ¿No habrás venido por el camino, buscando al pueblo de los Fieles, o sí? 

—Así es —respondió Yorik, al encontrarse de pie con el que parecía otro caminante como él. El recién llegado llevaba puesto un poncho negro y largo, de mangas largas que se estiraban sobre el cuerpo como prolongaciones de su sombra. Su rostro, pálido y como de cera, estaba oculto debajo de una manto oscuro sobre el cual descansaba una estructura metálica, semejante a una corona o tal vez un candelabro. 

—¿Es usted un velero, señor? —preguntó Yorik, al acercarse más de cerca y descubrir que en los bordes bronceados de la tiara tenía adheridos grumos de esperma que colgaban a su vez de anillos donde descansaban velas consumidas. 

—No es exactamente mi trabajo —respondió el interpelado—, pero sí. Digamos que mi negocio son las velas. Vengo por aquí a menudo porque es una región muy peligrosa para transitar de noche. La gente se pierde y…bueno, más abajo hay un pantano. No es, digamos, un lugar en el que venga bien andar a tientas. 

—Sin duda que no —dijo Yorik, a quien su ambición por llegar al otro lado no le había prevenido ni del hedor que despedían las ropas del sujeto ni del inquietante brillo de sus ojos—. Dígame, entonces, ¿qué puede hacer usted por un viajero como yo? 

—Caminar a su lado en esta noche oscura y ofrecerle luz y compañía —respondió el recién llegado—. Aunque claro, como todo en esta vida mi asistencia tiene un precio

—Creo que puedo permitirme un gasto adicional —sonrió Yorik, después de echar un rápido vistazo al oro que aún le quedaba en su bolsillo. 

Y así fue como Yorik vendió su destino para siempre. 

***


Un disco pálido y verdoso alumbraba las frías estepas del erial después de la hora de la cena. Yorik y su compañero ya se habían detenido a compartir las viandas con las que cada uno contaba y habían aprovechado el momento para conocerse un poco más. Sin embargo, el candelero no daba muchos detalles acerca de sí mismo. Yorik, en cambio, hablaba y hablaba. Y entre más sabía, Irr (pues ese era el nombre del extraño) más sonreía con malicia.

Por fin, llegaron hasta una bifurcación en la que el candelero se detuvo un momento «para preparar lo necesario». Esto, como su acompañante pudo comprobar, significaba encender las nuevas velas y colocarlas en su estrafalaria estructura de metal. 

Cuando el trabajo estuvo listo, Yorik pudo ver como el lívido rostro de su acompañante se teñía de tétricos matices de verdes, azul y un amarillo tan intenso que lastimaba a aquel que mirase demasiado. 

—Con estas, el erial no se atreverá a hacernos daño. —Irr se volvió hacia él con una sonrisa tan ancha que el joven tuvo la impresión de que su rostro no tenía pómulos y que era, más bien, un agujero infinito que asomaba entre los pliegues de su manto. 

***

Contar todo lo que Yorik vio aquella noche tomaría muchas veladas junto al fuego y aun así serían pocos los valientes que resistirían al relato de las primeras horas. Sin embargo, conviene contar que a eso de las tres —cuando la oscuridad era total e impenetrable—, el muchacho pudo ver, gracias al escaso resplandor que proporcionaba el fuego que ardía sobre la cabeza de su cómplice, unas formas nebulosas y crecientes que se arrastraban a los costados del sendero y las laderas de los montes. Distinguió siluetas alargadas, sombras huesudas y quebradas en ángulos extraños que se recortaban contra el cielo y una línea turbia donde la cerrazón era tan profunda y asfixiante que sintió como si su mirada se precipitase por un hondo precipicio, camino hacia la nada. 

De pronto, la voz profunda y vibrante de Irr lo sacó bruscamente de sus pensamientos más siniestros. 

—Esa es la Oscuridad que Engulle —le dijo, señalando con un delgado y tieso dedo hacia la izquierda—. Pero no temas. Mi corona de llamas nos protegerá de ella, porque, al fundirse con la Luz, la Oscuridad solo se vuelve una penumbra. 

Al escucharlo, Yorik se sintió más esperanzado. Sin embargo, en ese momento Irr se detuvo y la luz de las pequeñas antorchas vaciló en la insondable oscuridad. Entonces, pareció, toda la llanura se precipitó hacia ellos, susurrante y ávida por devorar todo lo que pudiera encontrar en su camino. Pero Irr alzó uno de sus largos y delgados brazos y dijo una palabra que hizo que las llamas estallaran con más fuerza. Y una risa espectral y aguda, como la mordida de un témpano de hielo, se alzó en el aire calando a Yorik hasta en lo más profundo de su ser. 

Después vino el silencio y la penumbra. Y así fue por el resto del viaje, hasta que el alba mostró a lo lejos un camino que conducía a la salida. Los contornos de un país dormido asomaban con lentitud en el horizonte, borroso entre la niebla. Y entonces Yorik vio árboles tan grandes como jamás los había visto y los rayos del sol lo sorprendieron perdido en la contemplación de un arroyo que fluía desde las entrañas de un bosque majestuoso, a la vista de unos montes, blancos e imponentes. 

—Bueno —dijo Irr, quitándose su pesada corona y apagando la luz de las velas con un solo soplido—, hasta aquí llega mi dominio. Lo demás es cosa tuya. ¡Buenos días! 

—¡Muchas gracias, buen amigo, muchas gracias! —dijo Yorik, volviéndose presuroso para estrechar la mano del velero—. ¡No habría podido hacerlo sin ti! ¡Muchas gracias, muchas gracias! 

—No tienes nada que agradecer —respondió aquel extraño y pálido ser en quien la luz de la mañana parecía no tener efecto—. Además, me voy muy bien pagado. 

Y dicho esto, se marchó. Yorik lo siguió por un momento en su camino hacia la estepa, su rostro velado por una leve expresión de estupidez. Así fue hasta que de pronto sintió que su estómago crujía y que sus labios necesitaban algo de beber. 

Entonces bajó al arrollo cuyo lecho generoso se derramaba a la salida del bosque, sin darse cuenta del todo que había olvidado completamente la razón que lo había llevado a internarse en esa tierra. 

Bebió hasta quedar completamente satisfecho.